Silencio. Eso era lo que había al amanecer, tan sólo interrumpido por el rítmico golpeteo del shishi odoshi.
Pasos rápidos y ligeros deslizándose mientras recorren el pasillo de madera, camino de la habitación en la que espera encontrar su objetivo. El susurro de la manga del kimono blanco mientras abre la puerta. La sombra de las astas de su máscara enmarcándose en el suelo.
Ahí está. El demonio que había venido a matar. La luz del sol va destacando su figura, plácidamente dormida, colocada de cualquier manera en el futón situado en el centro de la habitación.
Una pierna asoma desnuda entre las capas del kimono, azul noche. El cabello, negro y liso, desordenado, largo hasta la cintura. Un corte tradicional enmarcando su rostro. Sus labios, rojo sangre, destacando en la blancura de su cara. Y asomando entre el pelo, el claro símbolo de su naturaleza, dos pequeños cuernos negros.
Tarde. Se está haciendo tarde para cumplir con su tarea. Molesta consigo misma por haberse ensimismado en la contemplación del demonio, se acerca sigilosamente.
Se arrodilla a su lado, viéndola dormir mientras desliza el wakizashi escondido en el obi. Se inclina.
En ese momento, el objetivo abre los ojos, mirándola fijamente, mientras sonríe, despacio. Ha caído en la trampa. Ha tardado demasiado.
El wakizashi se desliza por el tatami hasta llegar a un rincón de la habitación. La máscara cae. Las tornas cambian. Ahora ella está en el suelo, el demonio mirándola desde arriba. Sigue sonriendo.
Quiere jugar.
Sólo el murmullo del shishi odoshi interrumpe la escena.


Créditos:
Texto: Li.
Dibujo: Faye


































