Kanan estaba sentado junto a un árbol, lo bastante alejado del fuego como para pasar inadvertido, sobándose distraído la mejilla, que parecía hincharse por momentos.
Al otro lado, la elfa trasteaba entre sus cosas, queriendo dar con su actitud que el bulto con ojos que de vez en cuando la seguía con la mirada le era totalmente indiferente, aunque la brusquedad con la que trataba lo que tenía entre manos traicionaba sus sentimientos, mostrando que su enfado aún iría para largo.
De vez en cuando no podía evitar lanzar siniestras miradas a la maldita bola de pelos sentada frente a ella, lo que causaba que refunfuñara entre dientes y maltratara más si cabe sus pertenencias, mientras que el chico se encogía más sobre sí mismo.
Kanan pensaba que ese día sería como cualquier otro. Haruka se despertaría, lo encontraría de nuevo desnudo bajo su manta, pegado a ella, le pegaría cuatro gritos como siempre, recogerían el campamento y seguirían su camino.
Sin embargo, se llevó una sorpresa cuando vio que la elfa se limitaba a mirarlo, pensativa. Eso era una cosa muy rara.
Kanan pensó que debía estar enferma, pues el “ritual” mañanero era algo a lo que se había acostumbrado. Haru se limitó a suspirar, saliendo de debajo de la manta casi sin levantarla, sabiendo ya lo que había (o no había) debajo.
Casi se podía decir que se había resignado a que Kanan durmiera con ella. Hiciera lo que hiciera, el maldito bicho iba a seguir colándose bajo la manta, así que ¿para qué malgastar energía y empezar el día cabreada?
La actitud de asumir un hecho inevitable lo interpretó Kanan como tristeza. Se pasó la mañana a su lado, sin quitarle el ojo de encima, haciendo que la elfa empezara a preguntarse qué bicho le habría picado esta vez.
Estaba claro que el lobo no era bueno respecto a interpretar la actitud de los demás, porque a sus ojos la manifiesta actitud de incomodidad de Haru no era otra cosa si no la confirmación de sus sospechas: la pobre chica estaba enferma, seguramente por pasarse tanto tiempo con cara de haberse comido un limón amargo (eso no debía ser bueno), y solo en su mano estaba el encontrar algo para remediarlo.
Se pasó el resto de la mañana intentando animarla, a su muy lobuna manera: le llevó flores cuando pasaron por un campo plagado de ellas (asegurándose de que no las tiraba por el camino); le enseñó un puñado de bichos de brillantes colores que encontró junto al sendero (del mismo tipo que él se podía pasar horas mirando, embelesado en la manera que el sol arrancaba destellos a sus irisadas alas); incluso le llevó un conejo que cazó el solito, pensando que quizá con el estómago lleno vería las cosas de otra manera (eso con él funcionaba siempre, por ende con el resto de la humanidad, también).
Haru, por su parte, también confirmaba su teoría: Kanan no iba para lobo, iba para cabra montesa.
Hacia mediodía llegaban a un pueblecito, donde decidió hacer un pequeño alto para hacerse con algunos víveres. Antes de entrar, se aseguró de que Kanan iba totalmente vestido, y con las prendas en su sitio. No era la primera vez que aparecía con la camisa como si fueran los pantalones, y éstos como sombrero, con las perneras ondeando tras él.
Caminaron tranquilamente por la calle principal, Kanan pegado a ella (cada vez que entraban en un pueblo lo amenazaba con castrarlo si se atrevía a montar el mismo minerito que en Silka) y la brida de Dandelion en la mano.
Mientras la elfa se dedicaba a comprar en la pequeña panadería, Kanan se entretenía observando a su alrededor, hasta que posó su mirada en una joven pareja que salía de otra tiendecita. Estaban hablando entre ellos, y la chica se mostraba seria (“pobrecita, está enferma como Haru”, pensó mientras le lanzaba una mirada de soslayo a la elfa. “Tiene la misma cara de amargada”).
Cuando volvió a mirar a la pareja, el muchacho cogía delicadamente a la chica por la barbilla, inclinándole la cabeza hacia atrás, y depositaba un suave beso en sus labios. Al separarse, vio como ella mostraba una tímida sonrisa.
¡Eso era! Haru lo que necesitaba era un beso de la felicidad, pensó Kanan alborozado.
Terminadas las compras, salieron del pueblo, atravesando el verde bosque. La elfa cada vez estaba más convencida de que a la bola de pelos le pasaba algo. Habían dejado atrás el pueblo, y aún seguía a su lado, con una mueca pensativa en la cara.
Cuando encontraron un pequeño claro decidieron parar y comer algo. Éste es el momento, pensaba Kanan. Se acercó a Haruka, con la cara contraída de la concentración, mientras ella solo levantaba la ceja, perpleja ante la extraña actitud del chico.
Apenas le dio tiempo a reaccionar cuando le cogió la cara con una mano, haciéndole poner “labios de pez”, cuando el lobo ya estaba besándola. Si a eso se le podía llamar beso. Le costó varios segundos darse cuenta de lo que estaba pasando, y sin pensárselo dos veces, le propinó tal cachetada que hizo que cayera de espaldas.
Kanan no sabía qué había hecho mal, pero era obvio que el beso de la felicidad había fallado, porque las orejas estaban a punto de estallarle de los gritos que le estaba pegando la elfa.
Claro que, si había conseguido devolverla al menos a su habitual estado, no había sido fallido su intento, ¿no? Pensaba mientras seguía frotándose la mejilla.
Atreviéndose a mirar de nuevo a la elfa, un nuevo pensamiento se le cruzó por la mente: estaba seguro que no había nada más suave que llevarse a la boca que sus labios. Y estaba decidido a intentarlo de nuevo.
Sin apartar la mirada, una sonrisa fue apareciendo en su cara lentamente, haciendo que Haru se preguntara de nuevo, sorprendida por su cambio de actitud, en qué narices estaría pensando ahora para poner semejante mueca de “bicho feliz”.
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Lo sé, es un poco mierdosillo, pero… T.TU